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środa, 10 sierpnia 2016

EL PAGANO QUE SE HIZO CATÓLICO

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: "Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías. La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga. Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia. Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias."

Un misionero jesuíta, que ejercía su ministerio en la India, relató en la revista «Missiones Belges» lo siguiente:

Conocí en Bengala a un joven y valiente militar indio, al servicio de Inglaterra, como teniente de una compañía de Cipayos. Educado a la inglesa, conservaba, no obstante, algunas prácticas supersticiosas, sin llegar a practicar ninguna religión, aunque conocía y admiraba la Iglesia Católica, y se iba aficionando a ella como resultado de las conversaciones mantenidas con misioneros y con su jefe, el capitán Carlos Tonnerre, al que profesaba un respeto y cariño extraordinarios.

Fue este excelente capitán quien en uno de los diálogos sobre el tema religioso, aprovechando un momento en que el teniente, mostrándose muy complacido por lo que se le explicaba del catolicismo, exclamó: «¡Qué feliz si fuese yo también católico», le dijo:

— ¡Todo puede ser! Ponte bajo el patrocinio de la Madre de Dios. Y para esto, prométeme rezar todos los días tres Avemarias.

Lo prometió el teniente. Y todas las noches cumplía el bravo indio su promesa, con exactitud militar.

Pasó algún tiempo.

Y una mañana, cuando la aurora comenzaba a iluminar las altas cimas de las montañas, y pasada la noche huían las estrellas, que era la hora en que diariamente el capitán Tonnerre acudía a la capilla del campamento para ayudarme la misa y comulgar, veo que no viene solo, sino esta vez acompañado del teniente indio, que al acercarse, sin darme tiempo para expresarle mi asombro, se echó a mis pies pidiéndome que le haga hijo de María e hijo de la Iglesia Católica.

¿Cómo se había producido este milagro de la gracia? Lo contó él mismo:

«Ayer tarde —dijo— cuando llegué al Campamento, después de prolongada marcha, estaba tan rendido y fatigado que me eché a descansar en la litera de campaña vestido como iba, y sin rezar las tres Avemarías que había prometido y que en todos los días precedentes sí que recé. Quedé dormido profundamente...

Era la media noche cuando me despertó una fuerte sacudida, me incorporé y encendí la linterna. Experimentaba la sensación de que no estaba solo. Miré a mi alrededor. Pero no vi nada que me llamara la atención. Y como tenía muchísimo sueño, dejé caer la cabeza sobre la almohada.

De pronto me acordé de las tres Avemarías olvidadas. Sentí el descuido y haciendo un esfuerzo salté de la litera y me puse a rezarlas. Apenas comenzadas, no pude seguir. Con terror y espanto, mis ojos miraron fijamente a la cama. De debajo de la almohada salía una horrible serpiente con la boca abierta y la lengua saetante... 

Por la cresta que la coronaba, conocí que era una “cobra capella”, especie de las más venenosas, cuya mordedura es siempre mortal... 

El monstruo desenroscaba lentamente sus anillos repugnantes sobre mi cama...

Yo, de momento, estaba hipnotizado y quieto por el pasmo. Pero antes de que el reptil se alargara más y me atacase, tomé la espada y, de un golpe, le rompí la cabeza, que ya tenía erguida e intimidaba con su silbido amenazador. 

Y viéndome salvo de tan grave peligro comprendí que a la Madre de Dios debía mi salvación, y me postré para rezar las tres Avemarías, y mientras las rezaba tomé la firme resolución de abrazar la religión de Cristo.»

Fue instruido debidamente, y unos meses después, en la capilla adornada de flores y sin otro testigo que el capitán Carlos Tonnerre, le administré el sacramento del Bautismo, en el que a la pregunta de ritual, «¿cuál es tu nombre?», respondió: «Carlos-María»

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarias), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 29-32.






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