Łączna liczba wyświetleń

środa, 24 sierpnia 2016

ESPERABA A UN SACERDOTE...

María es puerto de los que naufragan, consuelo del mundo, rescate de los cautivos, alegría de los enfermos.
San Alfonso María de Ligorio

Coronación de la Virgen.
Fresco de la Basílica de El Escorial,
España.
Uno de los obispos de Escocia, vestido de aldeano, visitaba su diócesis en un pueblo donde tuvieron la ventaja los de otra religión; eran tiempos de la persecución contra los católicos. Un día se perdió en el bosque donde había ido a descansar un rato. Se hizo de noche, se paró frente a la cabaña de un humilde leñador, golpeó, le abrieron y sin preguntar quién era - tomándolo por un labriego viajero - lo hospedaron. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja. Se lo informó entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse y, por tanto, no se preparaba...

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy mal y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas añadió éste: 

«Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Marta que a la hora de la muerte esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero.»

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: 

«Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis...»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia...

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo...

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.



Brak komentarzy:

Prześlij komentarz