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sobota, 6 sierpnia 2016

GUADALUPE - EL ATENTADO DE 1921

Una vez le pregunté a Satanás: "¿Pero por qué te asustas más cuando invoco a Nuestra Señora que cuando invoco a Jesucristo?" Me contestó: "Porque me humilla más ser derrotado por una criatura humana que ser derrotado por Él".
P. Gabriele Amorth 

San Miguel Arcángel combatiendo al diablo,
Anónimo, 2. mitad del siglo 18
A las 10.30 de la mañana del 14 de noviembre de 1921 un obrero llamado Luciano Pérez depositó un ramo de flores en altar mayor de la antigua basílica de Guadalupe. Aquella ofrenda floral contenía una carga de dinamita. 

Luciano salió tranquilamente del templo y, a los pocos minutos, la bomba hizo explosión a escasos metros de la urna que contenía la tilma original del indio Juan Diego.

Los destrozos fueron muy considerables. La explosión demolió la casi totalidad de las gradas de mármol del citado altar mayor, los candeleros, todos los floreros, los cristales de la mayor parte de las casas cercanas a basílica y dobló un Cristo de latón como si fuera de goma...

Inexplicablemente —y aquí recurro al testimonio de un especialista en criminología como es el profesor Bermúdez—, «ni siquiera se quebró el cristal que cubría la imagen de la Virgen y que se hallaba muy próxima al foco de la detonación. El suceso —concluyen los especialistas— no puede ser explicado científicamente».

Sin tratar de restar un solo gramo de fe a cuantos creen en la Señora de Guadalupe, pienso, no obstante, que es preciso afinar mucho en este tipo de acontecimientos antes de echar al vuelo las campanas del milagro. Para ello habría que haber efectuado un minucioso estudio de la explosión: dirección de la onda expansiva, naturaleza y tipo del explosivo, posibles obstáculos que encontró dinamita en su estallido y que quizá preservaron el cristal y a la imagen, etc.

Todo ello, insisto, con un desapasionado análisis, nos proporcionaría una idea más precisa de lo que sucedió en el interior de la basílica en 1921.

Durante mi vida profesional, como reportero en cuatro periódicos españoles, he asistido a infinidad de explosiones, atentados, accidentes en fábricas de explosivos, etcétera, y puedo dar fe de que, en ocasiones, tanto personas como objetos que se encontraban muy cerca de detonaciones apenas si han sufrido daños e, incluso, salido totalmente ilesos. Quiero decir con esto que en una explosión, por muy potente que ésta sea, a veces coinciden o confluyen circunstancias que le dan al suceso un aparente carácter «milagroso» pero que, desde el punto vista técnico y científico, tiene una explicación lógica y racional.

Para lo que no encuentro una «explicación» suficiente —todo hay que decirlo— es para el hecho concretísimo de que el cristal que protegía el ayate no quedara pulverizado. Por lógica, si la detonación afectó a las ventanas de otros edificios, retirados decenas de metros de la mencionada basílica, el vidrio que cubría la tilma debería haber saltado en mil añicos o, cuando menos, haber quedado quebrajado...

La explosión, indiscutiblemente, tuvo que ser muy lenta. Durante mis visitas a la nueva basílica pude observar la urna en la que se conserva el Cristo de latón, totalmente retorcido, que se hallaba relativamente próximo al núcleo de la detonación.

Sin embargo insisto, el suceso debería ser estudiado con mucho más detalle y precisión antes de ser clasificado como «milagro».

J. J. Benítez, El misterio de Guadalupe. Sensacionales descubrimientos en los ojos de la Virgen mexicana, Editorial PLANETA, 3° reimpresión, Colombia 1995, p. 44.






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