Łączna liczba wyświetleń

środa, 10 sierpnia 2016

LA MUJER PERDIDA DE ROMA

Una banda de malhechores es como un montón de estopa, y su fin es la llama del fuego. El camino de los pecadores está despejado de piedras, pero desemboca en lo profundo del Abismo.
Eclesiástico 21, 9-10

En el ano 1873, algunos días antes de la Asunción, tuvo lugar en Roma una de aquellas apariciones de ultratumba que corroboran tan eficazmente la verdad del infierno.

En una de esas casas de mala fama, que la invasión sacrílega del dominio temporal del Papa ha hecho abrir en Roma en crecido numero, una desgraciada joven se hirió en la mano, y hubo de ser trasladada al hospital de la Consolación. Sea que su sangre viciada por su mala conducta hubiese producido una gangrena, sea a causa de una inesperada complicación, falleció repentinamente durante la noche.

Al mismo instante una de sus compañeras, que ignoraba totalmente lo que acababa de pasar en el hospital, empezó a dar gritos desesperados hasta el punto de despertar a los habitantes del barrio, de poner en cuidado a las miserables criaturas de aquella casa, y de motivar la intervención de la policía. Se le había aparecido la difunta del hospital rodeada de llamas, y le había dicho: 

“Estoy condenada, y si tu no quieres serlo como yo, sal de ese lugar de infamia y vuelve a Dios a quien has abandonado”.

Nada pudo calmar la desesperación y el terror de aquella joven, que al despuntar el alba se alejó, dejando sumergida en estupor toda la casa desde que se supo la muerte de la joven del hospital.

A tales sucesos la dueña de la casa, exaltada garibaldina y conocida por tal entre sus hermanos y amigos, cayó enferma. Envió luego a buscar al cura de la iglesia vecina, San Julián de los Banchi, quien, antes de pasar a la referida casa, consultó a la autoridad eclesiástica, la cual delegó a este efecto a un digno prelado, monseñor Sirolli, cura de la parroquia de San Salvador in Lauro. 

Provisto este de especiales instrucciones, se presentó y exigió ante todo a la enferma, en presencia de muchos testigos, completa retractación de los escándalos de su vida, de sus blasfemias contra la autoridad del Soberano Pontífice y de todo el mal que a los demás había causado. La desgraciada lo hizo sin vacilar, se confesó y recibió el Santo Viático con grandes sentimientos de arrepentimiento y de humildad. 

Se sintió morir, suplicó con lágrimas al buen párroco que no la abandonase, espantada como estaba de lo que había pasado ante sus ojos. Mas la noche se acercaba y monseñor Sirolli, perplejo entre la caridad, que le dictaba quedarse, y las conveniencias, que le imponían el deber de no pasar la noche en tal lugar, hizo pedir a la policía dos agentes, quienes fueron, cerraron la casa, y permanecieron allí hasta que la agonizante hubo exhalado el último suspiro.

Roma entera conoció pronto los detalles de estos trágicos acontecimientos. Como siempre, los impíos y los libertinos se rieron de ellos, guardándose bien de enterarse de sus pormenores; y los buenos se aprovecharon para ser mejores y más fieles a sus deberes.

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 51-53.

Brak komentarzy:

Prześlij komentarz