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czwartek, 11 sierpnia 2016

LOS TRES HIJOS DE UN VIEJO USURERO

Para saber que el infierno existe no es necesario que los condenados vuelvan a la tierra. Es suficiente del todo la palabra del mismo Dios quien le revela al hombre cuál es la verdad sobre las últimas cosas de su destino.
François Xavier Schouppe SJ

Un padre de familia, que se había enriquecido a fuerza de irritantes injusticias, había caído enfermo de peligro. Sabía que tenía ya en sus llagas la gangrena, y con todo no podía decidirse a restituir. 

— Si restituyo — decía — ¿qué será de mis hijos?

Su párroco, hombre de talento, para salvar aquella pobre alma recurrió a una curiosa estratagema. Le dijo que si quería curarse le indicaría un remedio muy sencillo, pero caro, muy caro.

— Mas que cueste mil, dos mil, diez mil francos; ¿qué importa? — responde con viveza el anciano; — ¿en qué consiste?

— Consiste en hacer fundir en los puntos gangrenados la grasa de una persona viva. No se necesita mucho: si halláis alguna que por diez mil francos quiera dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora escaso, habrá bastante.

— ¡Ay! — dijo el pobre hombre suspirando — temo no encontrar nadie que quiera aceptar.

— He aquí un medio — dice tranquilamente el párroco — haced venir a vuestro hijo mayor, el cual os ama y ha de ser vuestro heredero. Decidle: “Querido hijo mío, puedes salvar la vida a tu anciano padre si consientes en dejarte quemar una mano, tan sólo durante un cuarto de hora escaso”. Si rehúsa, podéis hacer la proposición al segundo, obligándoos a instituirlo heredero en lugar de su hermano mayor. Si éste rehúsa a su vez, el tercero aceptará sin duda.

Hizo sucesivamente la proposición a los tres hermanos, quienes uno tras otro la rechazaron horrorizados. Entonces el padre les dijo:

— ¡Qué! ¡para salvarme la vida os espanta un momento de dolor, cuando yo para procuraros vuestro bienestar iré al infierno a arder eternamente! ¡En verdad sería muy loco!

Y se apresuró a restituir cuanto debía, sin considerar lo que sería de sus hijos.

Y tuvo razón, y sus tres hijos también. Dejarse quemar una mano durante un cuarto de hora, aun para salvar la vida a su padre, es un sacrificio superior a las fuerzas humanas. Pero ¿qué es esto, como ya lo hemos dicho, en comparación de los ardientes abismos del fuego del infierno?

¡Hijos míos, no vayáis al infierno!

Mons. Louis-Gaston de Ségur, El infierno. Si lo hay, qué es, modo de evitarlo, 
Editorial ICTION, Buenos Aires 1980, pgs. 82-83.

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