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czwartek, 11 sierpnia 2016

MARTIRIO DE SANTA MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO (LA ARABITA DEL CARMELO)

En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud (Eclo o Si 24,25). ¡Con cuánta sabiduría la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre. 
San Josemaría Escrivá de Balaguer

Santa Mariam Baouardy OCD -
María de Jesús Crucificado
(la Arabita del Carmelo)
Cuando María tenía 13 años su tío la comprometió en matrimonio con un joven, que era hermano de su esposa y tenía una discreta posición económica en El Cairo. Ella lo supo unos días antes de la celebración del matrimonio. Según la costumbre oriental, los padres o tutores escogían las parejas y ellas debían obedecer, pero María se opuso rotundamente, pues quería consagrar su vida a Dios. El día en que debía celebrarse la boda, ella se cortó el cabello y se presentó ante los invitados con una bandeja con su cabellera y las joyas de novia, en vez de presentarles algunos dulces para tomar el té antes de la ceremonia.

Su tío se enfureció por dejarlo mal ante los invitados. Para él era un deshonor y la castigó severamente. Desde ese día la trató duramente y la mandó a la cocina a trabajar, no como una hija, sino como una esclava, prohibiéndole la misa y los sacramentos. Trató de rendirla a sus deseos, pero ella se mantuvo firme. 

Después de tres meses de humillaciones, sufridas por amor a Jesús, ella quiso ponerse en comunicación con su hermano Pablo, que todavía vivía en Abellin. Se hizo escribir una carta para que viniera a recogerla. Llevó la carta a casa de un musulmán que había sido sirviente de su tío y que iba a viajar a Nazaret, para que se la entregara a su hermano. 

El turco insistió en que se quedara a cenar, pues ya era un poco tarde. Durante la cena, comenzaron hablar de religión y el turco le insistió en que debía cambiarse a la religión musulmana para ser feliz, pero ella reaccionó con fuerza, diciéndole: 

— Jamás, yo soy hija de la Iglesia católica, apostólica y romana y espero perseverar hasta la muerte en esta religión, que es la verdadera.

Entonces él, lleno de ira, le dio una patada que la hizo caer al suelo, y después, ciego de cólera, tomó la cimitarra y la descargó con toda su fuerza sobre su cuello dejándola como muerta. Con ayuda de su madre y esposa, que estaban cenando con María, la envolvió en una tela, la llevaron a una callejuela oscura de las afueras y la dejaron allí para que no quedara huella de su crimen. 

Esto sucedió el 7 de septiembre de 1858.

La herida del cuello tenía 10 centímetros de largo y un centímetro de ancho. Una arteria quedó rota como lo constatará un médico de Pau el 24 de junio de 1875. Su maestra de novicias escribió: “Un célebre doctor de Marsella que la cuidó aseguró, aunque era ateo, que naturalmente ella no podía vivir”.

Como consecuencia de esta herida María tuvo el resto de su vida una voz cascada. El martirio de la pequeña árabe no había sido un sueño, quedó inscrito en su carne de por vida. Ella manifestó: 

«Me pareció subir al cielo. Veía a la Virgen, a los ángeles y a los santos, que me acogían con gran bondad. También vi a mis padres en medio de ellos y contemplaba el trono de la Santísima Trinidad y a Jesucristo en su humanidad. Allí no había sol ni lámparas y todo era radiante y brillante. Yo estaba feliz con todo lo que veía, cuando de pronto alguien vino a mí y me dijo: 

— Tu libro todavía no está terminado.

Apenas terminó de hablar, desapareció la visión y me desperté. Me encontré en una cueva solitaria, acostada en un pobre lecho y a mi costado había una “religiosa” que tuvo la caridad de coserme el cuello. Yo nunca la vi comer ni dormir. Siempre estaba a mi cabecera y me cuidaba con el más grande cariño y en silencio. Ella vestía un vestido azul de cielo. Su velo era del mismo color. Yo he visto después vestidos de muchas religiosas, pero ninguno se parecía al suyo. 

¿Cuánto tiempo estuve en ese lugar? No sabría decirlo. Creo que fue como un mes. No comí nada durante ese tiempo. Algunas veces ella me humedecía los labios con una esponja blanca como la nieve. Yo dormía casi todo el tiempo.»

Un día la “religiosa” le preparó una sopa deliciosa. Toda su vida recordará su sabor. “Qué buena sopa! Ella me prometió que en mi última hora me daría una cucharada de nuevo”. 

La religiosa que la había curado le había predicho que sería hija de San José antes de ser hija de Santa Teresa, añadiendo: “Tomarás el hábito en una casa, harás la profesión en otra y morirás en una tercera, en Belén”; lo que sucedió realmente. En el barco que la llevaba a Belén aseguró: «La “religiosa” que me curó después del martirio, sé al presente que era la Virgen María.»

La “religiosa” (la Virgen) la llevó después a la iglesia de Santa Catalina de Alejandría para que se confesara. Ella le dijo: 

— Espérame, no me abandones.

La Virgen le sonrió sin responder y, al terminar de confesarse, no la encontró más.

Ángel Peña OAR, Santa María de Jesús Crucificado. La pequeña árabe, Lima-Perú, pgs. 8-11.

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