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wtorek, 23 sierpnia 2016

PURGATORIO RESERVADO A LAS PALABRAS INMODESTAS Y OCIOSAS

Observa el silencio. Habrá personas orando o preparándose para la confesión o confesándose. Permanece en silencio u orando como preparación personal y para respetar el momento de los demás con Dios. Observar el silencio antes, durante y después de la celebración; a excepción cuando necesariamente se ha de cantar o responder a las acciones litúrgicas. Considera que la misa es algo sagrado; esto implica apagar o silenciar el teléfono móvil, no lo pongas con vibrador porque te distrae y te hace dependiente. Si por distracción olvidas apagar el teléfono móvil y te suena durante la misa, no salgas de la iglesia a responder; apágalo inmediatamente.
P. Henry Vargas Holguín 

En el monasterio de San Salvador, del orden del Cister, entraron dos doncellas, Gertrudis y Margarita, que con la profesión consagraron al Señor la azucena de su virginidad. Estaban juntas en el coro, y la primera, aunque virtuosa, tenía el mal hábito de interrumpir el silencio, provocando a la segunda a acompañarla; defecto que pagó bien caro después de la muerte, que la sorprendió en la flor de su edad. 

Una noche cantaban las monjas las divinas alabanzas, y saliendo ella de su sepulcro (el cual estaba en medio de la iglesia) hizo una genuflexión al altar, y en seguida, viniendo al coro, ocupó su antigua silla al lado de Margarita. Cuando ésta la vio venir y ponerse a su lado se espantó en términos que las otras hubieron de venir en su auxilio. Alentada un poco y puesta a los pies de Benigna, abadesa del monasterio, la refirió que había visto salir de su sepulcro a la difunta Gertrudis, y que viniendo al coro ocupó su antiguo lugar, donde estuvo hasta que dicha la antífona de la Virgen, y haciendo al altar una humildísima reverencia, la perdió de vista.

Sospechando la prudente superiora que esto fuese ocasionado de algún trastorno de la imaginación o de alguna ilusión del enemigo, la ordenó que si volvía a ver lo mismo la saludase diciendo: “Bendecid”, conforme se acostumbraba hacer en la casa; y si contestase: “El Señor”, la preguntase a qué venía y qué quería en aquel lugar. 

No faltó a la noche siguiente, y saludándola Margarita al decirle: “Bendecid”, inmediatamente contestó: “El Señor”. Entonces ésta la replicó: 

— ¿Qué quieres, amada Gertrudis, en este lugar? ¿A qué vienes?

— Vengo — contestó — a satisfacer a la Divina Justicia, padeciendo gravísimas penas en este mismo lugar en que cometí la culpa, siendo ocasión de que tú faltases al silencio, por entretenerte con inútiles y ociosos discursos mientras que se decía el Oficio Divino. En el mismo puesto en que cometí el delito quiere el Señor que pague la pena. ¡Oh, si supieses cuán atroces son los tormentos que sufro! Estoy rodeada toda de llamas, que causándome agudísimo dolor, me parecen nada, sin embargo, en comparación del fuego que atormenta mi lengua. Y si tú, querida hermana mía, no te guardas en adelante de cometer semejante defecto, entiende que vendrás a padecer del mismo modo, arrastrando además contigo al cómplice de tu error.

Dicho esto desapareció, si bien continuó a presentarse otras veces pidiendo con grande humildad a sus compañeras la aliviasen con sus oraciones, hasta que, libre al fin de padecimientos, se despidió llena de gratitud de su compañera, que la vio penetrar la lápida de su sepulcro y descansar en paz. 

Margarita quedó tan espantada de la aparición y de la advertencia, que enfermó gravemente, llegando a tal extremo que por algún tiempo la creyeron muerta; pero fue sólo un éxtasis, en el que su espíritu fue llevado a ver en la otra vida cosas admirables que vuelta en sí refirió a sus compañeras, sirviéndolas de grande instrucción. 

El resultado de esto fue que en adelante guardó inviolablemente el silencio, no pudiendo olvidar en todos los años que vivió después el Purgatorio con que la amenazó Gertrudis...

Fuente: Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, Editorial Difusión, 
Buenos Aires 1945, pgs. 29-31.



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