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piątek, 5 sierpnia 2016

UNA CONVERSIÓN MARAVILLOSA

Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien quiere una gracia y no recurre a ti, pretende volar sin alas.
LEÓN XIII, Enc. Augustissimae Virginis Mariae

Madre de Dios Guía,
iglesia de las clarisas, Cracovia
El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, siendo Obispo de Solsona, en una hermosa pastoral sobre el Santo Escapulario, nos refiere el siguiente caso, sucedido a él mismo:

“Era el mes de junio de 1938. Hacía dos meses escasos que las fuerzas nacionales habían llegado al Mediterráneo, liberando la parroquia de Vinaroz, a la que llegamos a los siete días de la liberación y en la que ejercimos el ministerio parroquial durante más de cinco años.

Un oficio recibido de las autoridades militares solicitaba nuestra cooperación para prestar auxilios espirituales a diez condenados a muerte, que habían de ser ejecutados al amanecer.

A las once de la noche entraron en capilla los reos, y desde aquel momento los tres sacerdotes que éramos entonces en Vinaroz entrábamos en comunicación con ellos, ofreciéndoles la vida eterna, ya que no podíamos salvar su vida temporal. Ocho de ellos se confesaron enseguida, con grandes y visibles muestras de arrepentimiento y fervor. Uno, que había sido comisario político en el ejército rojo, apenas si permitió que nos acercáramos a él. Todas nuestras tentativas fueron inútiles y no podíamos lograr que se confesara.

Había uno entre todos ellos que llamaba poderosamente la atención. Era un hombre de unos sesenta años, natural de La Galera, provincia de Tarragona, que vestía el antiguo traje de payeses catalanes: medias blancas y calzones cortos, pero con unos modales finos y distinguidos que parecían contrastar con su indumentaria rural.

Uno de los sacerdotes se puso a trabar conversación con él, mientras los demás atendíamos a los restantes.

Cuando ya se habían confesado ocho y mientras yo estaba hablando con unos cuantos de ellos, consolándolos en aquel trance tan terrible y recibiendo sus recomendaciones y encargos para transmitirlos después a sus respectivas familias, se me acerca el coadjutor y me dice al oído:

- Señor cura: nada he podido conseguir con aquel hombre, ¿por qué no lo prueba usted?

Fui allá, me recibió muy atentamente, estuve hablando con él un buen rato y comprendí en seguida que era un hombre culto y que tenía, además, una formación cristiana poco corriente. Aquellos detalles me animaron y adquirí la íntima convicción de que no sería difícil conseguir que se confesase.

Pero mi desilusión fue terrible cuando, después de haber hablado con él por espacio de más de media hora, me dijo estas palabras textuales:

- Mire, Padre, yo le agradezco muy sinceramente lo que usted está haciendo por mí. Comprendo que usted está pasando una mala noche por mi causa, ya que no ha de sacar ningún provecho de que yo me confiese. Yo le estoy sumamente agradecido, pero le suplico que no insista; desde ahora le puedo asegurar que no he de confesarme. Yo fui educado cristianamente, pero he perdido la fe.

Quedé aturdido de momento, casi sin saber qué decir. Pero, inspirado, sin duda, por la Santísima Virgen, me atreví a proponerle:

- ¿Me haría usted un favor?
- El que usted quiera, me contestó, con tal que no me pida que me confiese.
- ¿Me permitiría, añadí, que le impusiese el Santo Escapulario?
- No tengo ningún inconveniente, me dijo; a mí no me dicen nada esas cosas, añadió, pero si con ello le he de complacer, puede hacerlo.

Le impuse acto seguido el Santo Escapulario del Carmen y me retiré en seguida a orar por él a la Virgen Santísima. Él fue a sentarse en un rincón, al extremo de uno de los bancos que había en aquella sala. Aún no habían pasado cinco minutos, cuando oí como una especie de rugido y unos sollozos fuertes y entrecortados, que me alarmaron. Entré de nuevo en la habitación y vi a aquel hombre que se me echaba encima llorando inconsolablemente y que me decía, en medio de sus lágrimas:

- Quiero confesarme, quiero confesarme. No merezco esta gracia de Dios. La Virgen me ha salvado.

Ante la admiración y el asombro de todos los presentes, se confesó, sin dejar de derramar lágrimas ni un solo momento, con una contrición realmente extraordinaria y enternecedora. Y cuando, a última hora, antes de llevarlos al lugar de la ejecución, me despedí de ellos, me abrazó y me besó, mientras me decía:

- Gracias, Padre; gracias por el bien inmenso que me ha hecho. En el cielo rogaré por usted. Gracias y hasta el cielo...

Confieso sinceramente que me conmovió aquella escena y que mis lágrimas se unieron a las suyas, mientras daba gracias al Señor por aquella maravilla y agradecía a la Santísima Virgen el que hubiese permitido ser testigo de aquella manifestación espléndida de su amor maternal y misericordioso.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 142-144.

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