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czwartek, 11 sierpnia 2016

UNA SINGULAR ENFERMERA

Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión [...]. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro. 
San Bernardo, Hom. en la Asunción de la B. Virgen María, 1, 7-8 


Virgen María con el Niño Jesús y los ángeles,
por Duccio, 1282
Terry Ross, 23 años, sargento de alpinistas escoceses (los famosos Seaforth Highlanders). Su primera acción, muy difícil, desembarca en Francia, a doce millas al norte de El Havre, para eliminar una estación de radio en Bruneval.

Una explosión como un relámpago al asaltar la estación. Cuando recobró el conocimiento, estaba en el hospital. Operaciones; días largos. Pide al cirujano le diga la verdad: “Sí, ya no recuperará la vista”. Por primera vez desde su niñez lloró a lágrima viva, apretándose la sábana contra la boca. Sin saber cómo, tocó algo que agarró con fuerza. Era un Escapulario de la Virgen. En voz baja murmuró:

— Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

Y entonces, en su desesperación, sintió que una mano apretaba la suya, y una voz de mujer le preguntaba:

— Me llamas, Terry?

El pobre muchacho se aferró a la mano de la enfermera:

— No, Hermana; no estaba llamando; pero, por favor, hágame compañía un rato, que me siento horriblemente solo.
— Vamos, hombre; así no habla un soldado valiente como tú. Recuesta la cabeza un poco mientras te refresco la frente. ¿Acaso no puedes dormir? Cavilas demasiado tal vez.

Terry rompió en un torrente de confesiones y desahogos. Luego las dulces palabras de la enfermera le dejaron plenamente tranquilizado. Se durmió.

Cuando despertó, la venda de los ojos se había caído. Alzó la mano para enderezarla y se detuvo de repente.

— ¿Eres tú, Juan ? — preguntó con ansiedad.
— Sí señor — respondió el enfermero. — Dispense usted si le he despertado, pero tengo mucho que hacer y necesito empezar temprano.
— Eso no importa, Juan. Acércate aquí más, más.

La voz de Terry sonaba excitada.

— Dime, Juan, ¿tú tienes una escoba en la mano izquierda? ¿Y eres alto y delgado y... llevas gafas?

El viejo dejó la escoba y echó a correr.

A los pocos minutos llegó el doctor y le hizo un examen minucioso.

— Es imposible de explicar, Ross; pero dentro de pocas horas tendrás perfecta visión.

Ross preguntó ansiosamente.

— ¿Cuál de las enfermeras estaba de servicio anoche?
— Ninguna, Ross. ¿Por qué lo preguntas?
— Es que cuando se apagaron las luces, yo no me quedé dormido hasta que ella no vino.
— Ella, ¿quién es ella? Te digo, Terry, que aquí no había enfermera alguna.

No, no había sido un sueño. Él había experimentado la angustia de un terror mortal, y había rezado: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros”... y estaba curado.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 151-152.






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