Łączna liczba wyświetleń

wtorek, 13 września 2016

EL EMPERADOR PENITENTE

Siempre que libráis un alma del Purgatorio, hacéis al Señor tal servicio como si a él mismo le libraseis de la esclavitud. Seréis recompensados en tiempo oportuno.
Palabras del Salvador a Santa Gertrudis

Nuestra Señora de las Lajas
El emperador Teófilo, iconoclasta, esto es, perseguidor de las sagradas imágenes, las desterró del imperio, y para que escarmentando los pintores no se hiciesen otras, mandó cortar la mano al santo pintor Lázaro; si bien fue inútil esta crueldad, porque le fue milagrosamente restituida. 

Al tirano entretanto cabía la dicha de tener por esposa una santa mujer, la emperatriz Teodora, la cual con sus oraciones, limosnas y ayunos alcanzó, finalmente, la conversión del marido; pues habiéndole sobrevenido a la vejez grandes desastres y sufrido sus ejércitos derrotas sangrientas, se reconoció, detestó sus muchos atropellos e injusticias, y propuso volver a restablecer las santas imágenes y el culto que les era debido. Es verdad que no pudo verificarlo porque le previno la muerte, que se verificó en medio de señales de la más viva contrición y sinceras demostraciones de arrepentimiento de su malvada vida, por lo que se concibieron grandes esperanzas de que, libertado por la misericordia de Dios de las penas del infierno, habría ido a pagar en el Purgatorio el resto de sus culpas.

Su piadosa consorte por lo menos así lo creía, y se dedicó a aliviarle no sólo con sus propias oraciones y ayunos, sino también con las muchas misas que hizo ofrecer por su alma, y las penitencias que procuró hiciesen al mismo intento muchos santos anacoretas, continuándole tan grande socorro de sufragios hasta que fue favorecida con una admirable visión, que primero la llenó de espanto, y después de no menos consuelo; pues retirada una noche a descansar después de haber orado con fervor, tuvo un sueño en que le pareció ver a su Teófilo, que ceñido de cadenas era arrastrado al tribunal tremendo del Juez eterno por número considerable de horribles soldados, de los cuales unos precedían y otros iban detrás. Ante ellos iba una turba de esbirros de espantosas figuras, y armados de instrumentos todavía más espantosos. En pos de todos y como para cerrar la marcha, iba ella misma afligidísima, y como única persona que se interesara por aquel infeliz, que fue presentado ante el severo y omnipotente Juez para recibir la última sentencia. Pero llegada también ella ante la tremenda Majestad, se postró humildemente y con ternísimas lágrimas empezó a pedir misericordia por su infeliz y asustadísimo esposo. El Juez entonces, cambiando el semblante terrible y amenazador en apacible y piadoso, dijo: 

— Grande es, ¡oh mujer! tu fe; por ti y por las oraciones de tus sacerdotes me complazco en usar de indulgencia y perdonarle.

Y volviendo a los ministros de justicia, dijo: 

— Soltadlo y devolved a su esposa.

Por esta visión, aunque en sueño, concibió tal esperanza de que al fin Teófilo estaba libre de penas, que sus lágrimas, hasta entonces de dolor, se convirtieron en otras de dulce consuelo. 

Ni tardó mucho en confirmarse de que no era una ilusión lo que había hecho tal cambio en su afligido espíritu; porque al día siguiente oyó referir a Metodio, Patriarca de Constantinopla, otra visión no menos sorprendente. Este insigne prelado, enemigo jurado de los iconoclastas, había hecho a instancias de Teodora larga y fervorosa oración por el descanso del difunto emperador; cuando he aquí que arrebatado su espíritu vio que un ángel entraba en el templo de Santa Sofía, y acercándosele le dijo:

— ¡Obispo! tu oración ha sido escuchada: Teófilo ha obtenido la remisión.

Despertándose lleno de gozo, se fue muy de mañana al mencionado templo, donde de nuevo fue sorprendido con una y bien extraordinaria confirmación de lo que en sueños había visto. Porque tomando un librito en que por sí mismo había escrito los nombres de los herejes iconómacos, y el primero de todos el del emperador, el cual había puesto al pie del altar para pedir a Dios su conversión, al abrirle se halló con la sorprendente y felicísma novedad de que el nombre del emperador había sido borrado milagrosamente. Por lo que, y por haber sido tan eficaz este prodigio que obró la conversión de los herejes, volviendo a entrar nuevamente reconciliados en la santa Iglesia, se hicieron grandes y solemnísimas fiestas.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 37-39.

Brak komentarzy:

Prześlij komentarz