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poniedziałek, 19 września 2016

JUAN PATRICIO INDULTADO

Con todo lo íntimo de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es su voluntad para bien nuestro. Mirando en todo y siempre al bien de los necesitados, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad.
San Bernardo, Hom. en la Natividad de la B. Virgen María, 7

Le pareció a un sacerdote que despertándole un amigo, muerto poco antes, le rogaba que le acompañase, y le condujo al templo de Santa Cecilia, donde habiendo entrado vio que un coro de vírgenes, entre ellas las santas Cecilia, Inés y Agueda, preparaban un graciosísimo solio a la Madre de Dios, la cual, acompañada de ángeles y de cierto número de bienaventurados, se dejó ver muy luego y ocupó el preparado trono. La majestad que, templada con celestial dulzura, aparecía en el semblante de la gran Señora, al paso que llenaba de gozo a los ángeles, a los santos y a las vírgenes, los tenía también en reverente y obsequioso silencio. 

Cuando he aquí que comparece una mujer pobremente vestida, pero abrigada al mismo tiempo con una esclavina de precio. Se postró humildemente a los pies de la Santísima Virgen, y con las manos en actitud suplicante empezó a decir llena de ternura: 

— Madre de las misericordias, os ruego por vuestra piedad maternal que os compadezcáis del pobre Juan Patricio, muerto poco ha. ¡Padece tanto en el Purgatorio!...

Por tres veces, y siempre con acento más ingresante, repitió la súplica, sin merecer respuesta alguna. Ella, entretanto, sin desanimarse y alzando más la voz, añadió: 

— Bien sabéis, ¡oh piadosísima Señora!, que yo soy aquella pobre que pedía limosna a la puerta de vuestra Basílica mayor, donde pasaba buenos fríos durante el invierno, pues no tenía otro abrigo que el de estos harapos que ahora llevo, y que llegando Juan y pidiéndole limosna en vuestro nombre, en ocasión justamente que me veía tiritar de frío, se quitó esta esclavina de sus hombros y me abrigó con ella: tanta caridad hecha por amor vuestro merece alguna indulgencia.

La Madre de misericordia, para cuyas entrañas era ya mucho hacer repetir tanto una súplica, mirando a la suplicante dijo: 

— El hombre por quien ruegas es reo por sus muchos y graves pecados de larga pena, mas porque tuvo dos virtudes especiales, la misericordia para con los pobres y la devoción a mis altares, cuidando de su aseo y suministrando aceite para que estuviesen iluminados, quiero usar con él de misericordia.

Va la orden de que Juan compareciese ante la santa comitiva, apareció luego un escuadrón de espíritus infernales, y en medio de ellos el reo Juan Patricio, duramente atado con diabólicas ligaduras. Mandó entonces que rompiéndole las cadenas le dejasen en libertad, para que pudiera reunirse a los bienaventurados. Obedecieron, y desaparecieron. Juan, incorporado al sagrado coro, se vio envuelto de una celestial nube, desapareciendo así a los ojos del buen sacerdote. 

Tal impresión hizo a éste aquella visión, que en lo que le duró la vida no cesó de predicar: “Cuánta fuese la clemencia de la Santísima Virgen para con aquellas almas del Purgatorio, que durante la vida procuraron honrarla con devotos obsequios.”

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 46-48.



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