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poniedziałek, 19 września 2016

UNA MADRE QUE NO QUISO MORIR...

Una de las más agradables devociones que se le pueden ofrecer a la Virgen María, es la de ayudarle a dar gracias a la Augusta Trinidad por el Poder que recibió del Padre Eterno, por la Sabiduría con que la enriqueció su Hijo y por la Caridad de que la llenó el Espíritu Santo.
beato Diego de Cádiz, capuchino

Una mujer joven se moría...

Casada con un médico, ni éste ni los más especializados compañeros de profesión que habían acudido a examinar a la enferma, encontraban recursos en la ciencia con que poder curarla.

Resignado el marido, atendió la petición de la enferma: «¡Que venga un sacerdote!»

Y el sacerdote acudió al domicilio que se le había indicado, y encontró junto al lecho de la paciente al marido y los dos hijos que del matrimonio habían nacido. El mayor contaba tres años y el menor de los niños tenía poco más del año. Se retiró el doctor con sus hijos, para que confesara la enferma...

Cuando el sacerdote preguntó a ésta si aceptaba la muerte, la joven madre, cobrando energías, contestó:

— ¡Padre, no quiero morir...!

Y se echó a llorar, diciendo:

— No por mí, sino por mis hijos y mi marido.

Calmada luego, exclamó:

— ¡Hágase la voluntad de Dios! Pero..., quiera Dios librarme de la muerte. ¡Se lo pido con toda mi alma!

Entonces, el confesor le dijo:

— Ponga usted por intercesora a la Santísima Virgen, que Ella es Madre y sabrá comprenderla como nadie... ¡Y Ella todo lo puede cerca de Dios!

Y sacando del libro de oraciones una estampa de las tres Avemarías y una novena, se las dio a la enferma, indicando:

— He aquí una devoción muy eficaz. Comience hoy mismo a rezar las tres Avemarías, y juntos con usted su marido y niños invoquen a María, Omnipotencia Suplicante, Madre de la Sabiduría infinita y Madre nuestra de Misericordia. ¡Pongámoslo así todo en sus manos!

Tres días más tarde, el marido acudió a la iglesia preguntando por el sacerdote que había confesado a su mujer, y al verle éste se apresuró a decirle:

— ¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo sigue la enferma?

Y el médico, con irreprimible emoción, le contestó:

— ¡Padre, milagro de la Virgen! Mi mujer, inexplicablemente, está fuera de peligro y en franca mejoría.

Y, serenándose, añadió:

— Tan pronto salió usted de mi casa el otro día, pusimos en práctica su consejo, y dimos comienzo al rezo de las tres Avemarías; arrodillados mi hijo mayor y yo, y en pie, a la cabecera de la cama de su madre, el pequeñín... ¡Y con qué fervor las rezamos, Padre! Igual hicimos el segundo día y hoy por la mañana... Y esta tarde advertí, con asombro, que la fiebre casi había desaparecido... Y al llegar mis compañeros a efectuar su diaria visita, se sorprendieron igualmente del cambio producido, que no tenía explicación científica... ¡Se ha curado! Ofrezca, Padre, mañana, la Santa Misa en acción de gracias a Dios y a Nuestra Señora de las tres Avemarías.
(Padre Raimundo F. Olivas)

P. Luis Larrauri y Hno. Secundino Pérez - Los asombrosos frutos de una sencilla devoción 
(La devoción de las Tres Avemarías), 5. Edición, Apostolado Mariano, Sevilla 1975, pgs. 71-73.

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