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poniedziałek, 23 października 2017

EL QUE EN VIDA ES PURGADO CON TRABAJOS, SE ENCUENTRA EN LA GLORIA SIN PASAR POR EL PURGATORIO.

Un día de padecer en el purgatorio es tan acerbo, que puede igualar a mil años de padecimientos en esta vida.
San Agustín

Prudentísima fue la respuesta del emperador Mauricio, el cual preguntado por la milagrosa imagen del Salvador dónde quería purgar sus faltas, si en esta vida o en la otra, contestó: “Aquí, aquí quiero padecer la pena que merezcan mis pecados”. Desacertado, por el contrario, fue el partido que tomó aquel religioso de la orden de San Francisco, al cual habiendo dado un ángel a escoger entre la alternativa de satisfacer a la divina Justicia con larga y penosa enfermedad en la tierra o fuera de ella con breve purgatorio, escogió esto con preferencia a aquéllo. Padecía en verdad una enfermedad tan dolorosa y molesta, que haciéndole insufrible a sí mismo y sumamente gravoso a los demás religiosos, le pareció preferible la muerte; por manera que volviendo los ojos al cielo suplicó la gracia de ser libertado de la prisión del cuerpo. “¡Oh Dios mío — decía — compadeceos de este vuestro infeliz siervo! Yo no encuentro descanso ni de día ni de noche; tantos son los dolores que me afligen, que hasta en las entrañas me atormentan; y creciendo cada día, disminuyen en proporción mis fuerzas: yo no puedo más. Si mis culpas no merecen la gracia de que me saquéis de esta prisión, la merecen a lo menos estos vuestros siervos, a quienes sirvo de tanta incomodidad y trabajo”.

Así oraba, cuando descendiendo un ángel se le presentó delante y propuso el partido siguiente: “Pues que tanto os aflige el padecer, Dios pone en vuestra mano, o el permanecer así por espacio de un año, concluido el cual volaréis al cielo, o compensar estos padecimientos con tres días (otros dicen uno) en el purgatorio: queda la elección a vuestro arbitrio”. El mal aconsejado enfermo, atendiendo sólo al mal presente, exclamó sin detenerse: “Venga enhorabuena la muerte, y tanto tiempo de purgatorio cuanto el Señor fuere servido”. “Pues bien — añadió el ángel —, hágase como queréis; preparaos con los Santos Sacramentos, porque hoy mismo moriréis”...

Un día escaso llevaba esta pobre alma de padecer en el purgatorio, cuando el ángel bajó a confortarla, y después de haberla saludado con grande amor, la preguntó cómo se encontraba en su nuevo y apetecido estado. “¡Ay de mí — respondió, que he sido miserablemente engañado! Me prometiste que sólo estaría aquí tres días, y son ya tantos los años que padezco. ¡Cómo es posible que tú seas un ángel! ¿Así se engaña a una pobre alma?” “Vos — contestó el ángel — sois la engañada. Aún no ha pasado un día desde que os halláis aquí ¿y os quejáis de lo largo del tiempo? ¿Y me acusáis de haber faltado a lo que os prometí? El tiempo es todavía breve, pero no lo es la acerbidad de las penas, que hacen de cada hora un año y de cada día un siglo. Creedme, aún no hace un día que fuisteis separada de vuestro cuerpo, el cual, expuesto en la iglesia, espera las ordinarias exequias. Por lo demás, si estáis arrepentida de vuestra inconsiderada elección, os participo que Dios os concede la gracia de poder volver al cuerpo y continuar el curso de la enfermedad”. “Sí, sí — exclamó —, acepto la propuesta. ¡Vengan sobre mí años y años de más dolorosa enfermedad, con tal que salga de este lugar de tormentos!”.

En el punto mismo se levantó del féretro. La admiración de los circunstantes se deja conocer, pero creció en gran manera cuando refirió lo acaecido. La descripción, por otra parte, que hizo en la manera que pudo de las penas que sufrió en tan breve tiempo causó tal impresión, que no obstante que la comunidad era observantísima, como que todavía la regía el espíritu del santo fundador, cambió de manera que era desconocida, porque todos se aplicaban a hacer rigidísima penitencia, por librarse en todo, o en parte al menos, de las tremendas penas del purgatorio. El enfermo por su parte continuó sufriendo con inalterable paciencia, y aun con alegría, las molestias de la enfermedad, hasta que concluido el año, y recibiendo otra vez la visita del ángel, fue por él conducido al descanso y gozo de los justos. 

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 105-108.

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