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niedziela, 5 listopada 2017

AGRADECIDA CORRESPONDENCIA DE LAS ÁNIMAS A UN BIENHECHOR SUYO (VISIÓN DE UN VICARIO)

Sería prácticamente imposible describir su ilimitada gratitud [la de las santas almas] para con aquellos que las ayudan. Llenas de un inmenso deseo de pagar los favores hechos por ellas, ruegan por sus benefactores con un fervor tan grande, tan intenso, tan constante, que Dios no les puede negar nada.
Padre Paul O’Sullivan


Ciertamente que si en alguno se encuentra la verdadera gratitud, es en las almas del purgatorio. Veamos de ello una memorable demostración. 

Un ciudadano de Bretaña, no obstante los muchos y graves negocios que le tenían en medio del siglo, tenía, sin embargo, la vida de un verdadero y fervoroso cristiano. Entre sus excelentes virtudes sobresalía la tierna y solícita devoción que profesaba a las ánimas, como lo hacían ver las continuas limosnas que, entre otros sufragios, ofrecía continuamente por ellas, y muy especialmente la práctica que siempre usaba de detenerse cuando pasaba por el cementerio a orar por ellas, en pie o arrodillado, y esto bien estuviese solo, bien a la vista de las gentes, cuyo respeto en esto y otras cosas de la gloria de Dios nunca fue parte para retraerle; y cuán agradable fuese todo a Dios y provechoso a las ánimas, el tiempo lo hizo ver de un modo no menos prodigioso que auténtico.

Porque acometido de la última enfermedad y agravado, pidió con instancia el Santo Viático para prepararse con el Pan de los fuertes al último trance y combate. Era de noche, y el párroco, por ser tal hora y no muy bueno el camino que había que andar, eludió la molestia, que hubo de tomar sobre sí el vicario, si bien con gusto por el alto respeto que tenía del enfermo. Llegado a casa del paciente y consolándole con el Pan de los ángeles, le administró también el último sacramento en razón de la distancia a que se hallaba de la parroquia.

Se volvía en paz a la iglesia con algún acompañamiento, cuando he aquí que al llegar al cementerio en que tantas veces oró el enfermo, se vio detenido por una fuerza invisible; y mientras, absorto, se pierde en hacer juicios sobre la causa de tal novedad, siente salir una voz del copón que lleva consigo, y pronunciar distintamente estas palabras: “¡Huesos áridos, oíd la orden del Señor; levantaos! (cfr. Ezequiel 37). Que fue decirles: “Venid a la iglesia a rogar por el bienhechor que en este momento acaba de entregar el espíritu; exige la gratitud que le paguéis, ahora que él lo necesita, el mucho bien que os ha hecho; en especial porque nunca pasó por este cementerio sin orar por vosotros”.

Entonces se sintió el extraño ruido de multitud de huesos, que agregándose unos a otros, y buscando sus junturas, formaban sus respectivos esqueletos, y después los cuerpos en la forma misma que vio el santo profeta y describe con estas palabras: “Se oyó un sonido, y he aquí una conmoción grande; y se unieron huesos a huesos, cada uno por su propia coyuntura” (allí mismo). En seguida se vio salir un número grande de personas, las cuales se dirigían a la iglesia, adonde volviendo también la vista el vicario observó, con no poca sorpresa, que no sólo se hallaba abierta de par en par (cuando él la había dejado bien cerrada, máxime siendo de noche), sino que además estaba con abundante cera iluminada. Se colocaron en buen orden, y acto continuo entonaron el Oficio de difuntos, que cantaron con aquella majestad que usan las catedrales con los grandes personajes. Concluidas las exequias, se sintió otra vez el extraño ruido de los huesos, porque la voz que los reunió se volvió a oír, intimándoles que volvieran al lugar que ocupaban, y del que momentáneamente salieron, porque quiso el Señor dar a entender a los vivos lo que sabe hacer para premiar la caridad con los difuntos.

Viéndose ya libre el sacerdote que había estado inmóvil todo aquel tiempo, entró en la iglesia, y dejado el Sacramento en el tabernáculo, marchó apresurado a dar cuenta al párroco del suceso. No bien había empezado su relación, cuando llegó un mensaje de la casa del enfermo participando que había entregado plácidamente el alma al Creador. El suceso entretanto produjo dos buenos efectos, porque al párroco le hizo más diligente en el cumplimiento de su obligación, principalmente con los enfermos; pero el vicario pasó más adelante, porque volviendo al mundo las espaldas se encerró en el monasterio de Tours, fundado por San Martín, y del cual con el tiempo y por el mérito de las grandes virtudes que le adornaban, fue dignísimo superior. Eran muchas las prendas que le hacían merecedor de tal dignidad, como lo acreditó la grata memoria que por mucho tiempo se conservó de su prudencia y de la devoción que practicó y supo inspirar a los monjes en favor de las afligidas almas del purgatorio.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 103-105.

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