Łączna liczba wyświetleń

poniedziałek, 13 listopada 2017

SANGRE ES LO QUE YO NECESITO PARA REFRIGERARME EN LAS ARDENTÍSIMAS PENAS QUE PADEZCO

— ¿Para qué fines se ofrece, pues, la Santa Misa?
— El sacrificio de la Santa Misa se ofrece a Dios para cuatro fines: 1º., para honrarle como conviene, y por esto se llama latréutico; 2º., para agradecerle sus beneficios, y por esto se llama eucarístico; 3º., para aplacarle, para darle alguna satisfacción de nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del purgatorio, por lo cual se llama propiciatorio; 4º., para alcanzar todas las gracias que nos son necesarias, y por esto se llama impetratorio.
Catecismo Mayor N° 660

Beato Enrique Suso
(Heinrich Seuse),
Grabado en madera
del siglo XV
En la Universidad de Colonia estudiaban facultad mayor dos religiosos de la orden de Santo Domingo, célebres ambos por su saber y virtudes: el beato Enrique Susón, y otro de no menor perfección. El hábito, la igualdad de ciencia que estudiaban y la virtud, los unían en la más estrecha amistad. No había entre ellos secreto, ni aun de los dones sobrenaturales que Dios les comunicaba; y así es que Enrique manifestó al otro el secreto ignorado de muchos, de llevar sobre su corazón el nombre santísimo de Jesús grabado a fuego, y de lo que quedó tan conmovido el buen religioso, que no contento con tocar aquellos sagrados caracteres, los besó y bañó con sus lágrimas.

Concluidos los estudios y debiendo partir cada uno para su convento, hicieron antes el santo contrato de que muerto el uno, el otro debería auxiliar al difunto con dos Misas cada semana, el lunes de Réquiem y el viernes de Pasión, mientras el rito lo permitiese. Hecho este acuerdo, se abrazaron y partieron. 

Pasados algunos años, supo Enrique haber pasado a mejor vida su buen compañero, a quien desde luego encomendó a Dios y continuó haciéndolo todos los días, y no una sola vez, sino varias en cada uno; pero en medio de esto nunca le vino a la memoria lo pactado en Colonia respecto a las dos Misas cada semana. 

Oraba Enrique una mañana en una capilla interior del convento, cuando he aquí que se le presenta el amigo antiguo, que con palabras propias de sus padecimientos y de la justísima causa que tenía para quejarse de su amigo, le echa en cara el haber olvidado el santo acuerdo que la cordial amistad de ambos había firmado y sellado al despedirse en Colonia. El beato Enrique Susón se defendió lo mejor que pudo, culpando a su memoria y asegurándole que fuera de esto le había ayudado con oración continua y otros sufragios.

— Lo sé, hermano mío, — replicó el difunto, — pero no basta. ¡Sangre, Enrique (exclamó levantando la voz), sangre es lo que yo necesito para refrigerarme en las ardentísimas penas que padezco, y para abreviar el tiempo de ellas! No bastan a mis graves necesidades ni tus oraciones, aunque fervorosas, ni tus penitencias, aunque rigidísimas; se necesita que la Sangre de Jesucristo que se ofrece en el sacrificio de la Misa, baje a templar la vehemencia de las llamas que me atormentan: ésta es el agua que refrigera y al fin apaga el fuego. 

— Está bien, hermano mío, — contestó Enrique enternecido. — Misas tendrás, y las tendrás en mucho mayor número que el que te prometí. 

En efecto, Enrique suplió la falta haciendo celebrar un número muy considerable de Misas en poco tiempo; por manera que aún continuaban celebrándose cuando, el poco antes afligidísimo amigo, se presentó de nuevo rodeado de luz y colmado de gozo, y después de abrazarle tiernamente y de besar el santísimo nombre de Jesús que llevaba grabado en el pecho, se elevó hacia el cielo, para ir a ver cara a cara aquel Dios que, escondido bajo las especies sacramentales, había obtenido el fin de sus padecimientos.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 111-113.



Brak komentarzy:

Prześlij komentarz