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poniedziałek, 6 listopada 2017

SANTA USURA DEL QUE APLICA SUS PROPIAS OBRAS SATISFACTORIAS EN SUFRAGIO DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO

— ¿Por que después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos? 
— Después de la fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia conmemoración de todos los fieles difuntos, que están en el purgatorio, porque conviene que la Iglesia militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia triunfante, acuda al alivio de la Iglesia purgante con un general y solemne sufragio.
Catecismo Mayor N° 214


Miguel Cabrera, Santa Gertrudis
Dejó escrito Dionisio, por sobrenombre el Cartujano, que la admirable Santa Gertrudis, al levantar su corazón a Dios por las mañanas, hacía oferta en sufragio de las ánimas del mérito de sus oraciones, satisfacciones, penitencias y de todas sus obras satisfactorias; y para mejor emplearlas, suplicaba al Salvador se dignase manifestarle las almas que más lo necesitaban, para aliviarlas con preferencia. El Señor, que se complace en hacer la voluntad de los que lo temen, le mostraba por orden las almas más afligidas, y sin más la caritativa Gertrudis se aplicaba a socorrerlas con vigilias, ayunos, todo género de mortificación, y principalmente con amorosas súplicas a su divino Esposo para inclinarle a piedad, sin dejarle, digámoslo así, de la mano hasta que obtenía la gracia. Eficacísima era su oración, e inefable el consuelo que recibía cuando presentándose las almas (como acaecía con frecuencia) a darle gracias, recogía el fruto de sus lágrimas.

Avanzaba en edad y cercana ya a la muerte, fue asaltada del espíritu maligno con una tentación que la puso en grande congoja: porque su asalto fue tan fiero cuanta era su desesperación por verse arrebatar por una simple mujer tantas almas de las manos. Le metió en la cabeza que había hecho un lastimoso desperdicio de sus obras satisfactorias y que, estando ya próxima a partir de este mundo, pronto se vería en un durísimo purgatorio, que podría haber evitado reservando para sí lo que tan inconsideradamente había cedido en beneficio de otros. 

— ¡Infeliz de mí! — decía — pronto daré exactísima cuenta de mis faltas, que juzgándolas como las juzgará Dios con su vista más clara y penetrante que el sol, ¿cuántas manchas no encontrará en esta pobre alma? ¿Y con qué satisfaré, si todo lo que ahora me podría servir lo he desperdiciado, cediéndolo a favor de los difuntos?

Hacía éstas y otras tan dolorosas exclamaciones, cuando he aquí que apareciéndosele su divino Esposo Jesucristo, le dice:

— ¿Qué tienes, Gertrudis, que tanto te aflige?
— Señor — respondió, — me aflijo porque estando próxima a morir y sufrir el juicio de mis pecados, me encuentro sin capital de buenas obras para satisfacer por ellos, porque, como sabéis, las he cedido todas en beneficio de las ánimas.

El Salvador entonces, consolándola, le dijo con amorosísimo semblante: 

— ¿Y así te olvidas — hija mía — de quién yo soy? ¿Crees tú que me has de vencer en generosidad? Pues para que veas cuán acepta me ha sido tu caridad con el prójimo, en premio de esto te condono todas las penas que mereces por tus culpas. Además, porque he prometido el ciento por uno a los que acometen santas empresas, te quiero premiar ventajosamente, aumentándote la gloria en la eterna bienaventuranza; y sobre esto dispondré que en el instante en que tu espíritu salga de la prisión del cuerpo, comparezcan todas las almas que has rescatado con tu caridad, para que acompañada de todas ellas hagas entrada triunfal en el cielo...

Dejo a la consideración del lector cuánto sería el consuelo de la santa virgen al oír promesas tan magníficas de la boca misma del Salvador. Dice el historiador (y en verdad no cuesta trabajo el creerlo), que en lo que sobrevivió a esta consoladora aparición del Salvador, redobló la Santa el fervor para rogar por las almas, de manera que hasta el último suspiro fueron objeto de su caridad.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 108-111.

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