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czwartek, 14 grudnia 2017

BUSCA ENTONCES OTRA INTERCESORA

Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
(Lumen gentium 62)

Aquel día fue señalado por una gracia del cielo.

A la mitad de la cena Gema [Galgani] se levantó de la mesa, retirándose a la habitación. En seguida entró en éxtasis.

Llamado por la señora Cecilia, llegó el Padre Germán, quien presenció la grande porfía que la santa joven sostenía con la justicia divina por conseguir el triunfo de su eterna misericordia a favor de cierta alma que le era muy querida y por la que Gema se había sacrificado muchísimo. Era un huésped de la familia, buen cristiano al parecer, pero cuya conciencia se hallaba muy enrevesada. Gema llegó a nombrarlo en éxtasis, razón por la que el Padre Germán conocía su nombre.

“Ya que has venido, Jesús, vuelvo a suplicarte por mi pecador — decía extática. — Hijo tuyo es, hermano tuyo... Sálvalo, Jesús... Por un alma sola has hecho tanto, tanto..., y, ¿no querrás salvar a ésta? Sálvala, Jesús, sálvala... Tú no has medido la sangre que derramaste por los pecados, y ¿quieres ahora medir la cantidad de nuestros pecados...? La sangre la derramaste al igual por ellos como por mí y ¿me salvas a mí y a ellos no...? No me levantaré de aquí... ¡Sálvalo! No quiero tu justicia, sino tu misericordia, ¡Oh, Jesús! Tú no le has llamado, de seguro, hijo hasta el presente... Haz la prueba... Dile que eres su Padre y que él es tu hijo... Verás, verás que a este dulce nombre de padre cómo se ablanda su corazón”.

Jesús comunicó entonces a Gema que, respecto de aquella alma, estaba colmada la medida de su misericordia. Y le fue enumerando sus culpas. Gema lanzó un profundo suspiro... Horrorizada, dejó caer los brazos. De pronto reanimándose, volvió a la súplica: 

“Lo sé, lo sé — repetía — que te ha inferido tantas ofensas... Mas yo he cometido mayores, y, no obstante, has usado conmigo de misericordia... Lo sé, lo sé, Jesús mío, que te ha hecho llorar...; pero en estos momentos no debes pensar en sus pecados. Piensa en la sangre que has derramado... Además, ¡de cuánta caridad no has usado conmigo! Todas las finezas de amor que me has dispensado, te ruego que las uses con mi pecador. Acuérdate, Jesús, que lo quiero salvar. Triunfa, triunfa; te lo pido por caridad”.

Ante la inflexibilidad de la justicia divina, brota cual relámpago por su mente, una idea salvadora. Ella es pecadora, cierto. No merece, por tanto, ser escuchada. Busca entonces otra intercesora, y dice a Jesús: 

“Es tu misma Madre la que ahora ruega por él. ¿Podrías decirle que no? ¡Oh, de ninguna manera! Imposible negarle”.

En efecto, poco después Gema, contentísima, canta victoria y exclama, triunfante: 

“Ya está salvo, ya está salvo. Has vencido, Jesús. Triunfa así siempre, ¡oh, Jesús!”

No bien se retiró el Padre Germán, todo conmovido y absorto en profundas meditaciones, a su habitación, cuando sintió llamar la puerta, anunciándole la visita de un señor que preguntaba por él. Conducido a su presencia, cayó el visitante de rodillas, diciendo: “Padre, confiéseme”. 

Era el pecador de Gema. El Padre lo confiesa. Gracias a lo que había oído a Gema durante el éxtasis pudo recordarle un pecado que se le olvidaba. Le cuenta el éxtasis de Gema, le anima, pide su permiso para dar a la publicidad esta maravilla de la gracia del Señor, se abrazan y se despiden.

Cfr. Sor Gesualda, Santa Gema Galgani, Ed. Pía Sociedad de san Pablo,
Madrid-Bilbao, 1943, p. 37 .

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