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niedziela, 3 grudnia 2017

CUÁN RIGUROSA ES LA JUSTICIA DIVINA

Toda justicia, o sea toda virtud, es defectuosa en presencia de Dios: "No entres en juicio con tu siervo, porque no es justo delante de ti ningún viviente" (Salmo 143,2). El Eclesiástico asemeja al sol al hombre justo: "Como el sol que brilla" (50,7). Pero si el sol mismo tiene manchas, como hacen ver los astrónomos, no es de maravillar si también se encuentran en los santos, a los cuales nunca pueden faltar defectos de que necesitan limpiarse, como necesita el oro del crisol para purificarse. Porque no hay hombre tan perfecto en la tierra, que mientras vive en ella deje de mancharse con el lodo, o al menos con el polvo, que salta hasta los ojos.

Murió en el convento de Frailes Menores de París un religioso, a quien justamente por las costumbres y vida angelical que hacía llamaban EI Angélico; realmente era un ángel en carne humana. Colega suyo era un lector en teología, gran maestro en esta ciencia divina, el cual, aunque no ignoraba la obligación que cada fraile tenía de celebrar tres misas por cualquier religioso que muriese, omitió el celebrarlas por Fr. Angélico, y no por otra causa que por haber juzgado que no las necesitaba. ¡Tan ventajoso era el concepto que de él tenía!

Pero de allí a pocos días, paseando por el jardín muy de mañana, se le puso delante el difunto, que con voz muy sentida le dijo: 

— ¡Buen maestro, compadeceos de mí! 

Admirado el maestro de tal encuentro y demanda, le contestó: 

— ¿Pues qué necesidad tenéis de mí, alma santa? 
— Sí, tengo, — replicó el otro — pues justamente me faltan las tres misas que debisteis decir por mí, para salir del purgatorio: cumplid con este deber, que no he menester más para irme glorioso a la Jerusalén celestial. 
— Verdaderamente — añadió el maestro — os habría dicho las misas si hubiese juzgado que las necesitabais; pero llegué a persuadirme, que vida tan ejemplar no necesitaba de sufragios. Vos no os contentabais con ser un modelo de observancia religiosa, sino que además añadíais ayunos, vigilias y otras mortificaciones a que no estabais obligado: así que juzgué que tales obras de supererogación os habrían purgado de cualquier defecto que por otro lado pudierais tener.
— ¡Nadie, nadie querrá creer cuán diversamente juzga Dios de nuestras acciones de lo que juzgamos nosotros! ¡Nadie querrá persuadirse de la escrupulosidad con que son examinadas todas nuestras obras, palabras y pensamientos! No hay ninguno perfecto en su presencia: "Si ni en sus santos tiene Dios confianza, y ni los cielos son puros a sus ojos" (Job 15,15). Ninguno tampoco que se persuada cuán difícil es librarse de padecer mucho o poco en el purgatorio, porque es el lugar de donde no se sale "hasta que no hayas pagado el último céntimo" (Mateo 5,26). Si vos, buen maestro, hubieseis llegado a alcanzar con vuestra doctrina cuán rigurosa es la justicia divina, jamás habríais cometido el error de creer que yo no necesitaba de sufragios.

El teólogo no escuchó más: se fue a la sacristía, y preparado dijo la misa con el fervor que se deja conocer. Dijo la segunda al otro día, y en la tercera se dignó Dios revelarle que durante ella había volado al cielo la dichosa alma por quien se ofrecía. 

Esta lección fue tan provechosa al maestro, que aprendió con ella más que con muchos años de meditación y estudio, porque resonando a todas horas en su alma las palabras de su colega, se esmeraba en no hacer nada que no fuese con la perfección posible.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 117-119.



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