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wtorek, 19 grudnia 2017

HE VENIDO A DARTE LAS GRACIAS POR LA DILIGENCIA CON QUE VIENES ROGANDO PARA QUE YO VAYA AL CIELO

Son estas almas esposas que redimió, e hijas que adoptó el Salvador por medio de su preciosísima Sangre; y no es posible dudar del gran servicio que le hace quien por su caridad es causa de que cuanto antes, libertadas de la dura esclavitud que sufren, sean restituidas a los brazos de su Padre y Esposo.
Carlos Gregorio Rosignoli SJ

La caridad de Gema [Galgani], viva y operante, llegaba a los umbrales de la eternidad - al purgatorio. Sin haber tenido antecedente alguno sobre su persona, supo por revelación de Dios que una religiosa pasionista de Cometo se hallaba enferma. Algún tiempo después, un viernes, le pareció oír una voz que le decía: 

“La Madre María Teresa del Niño Jesús está en el purgatorio. Ruega por ella. Sufre mucho”.

A menudo el Señor insistía en pedirle nuevos sufragios por algunas almas que deseaba tener consigo en el cielo. Gema estaba habituada a ofrecer el mérito de sus obras a Dios en sufragio de las almas del purgatorio, en general, y de las que se le hubiesen recomendado, en particular. Un jueves, el Señor prolongó durante dos horas los sufrimientos de su generosa sierva para aplicar el mérito a cierta alma necesitada.

Se acercaba la fiesta de la Asunción de María a los cielos. Gema tenía como un presentimiento de que, en tal fecha, se verificaría la liberación del alma por la que venía rogando con tanta insistencia. Era la mañana de un claro día de agosto, en que los rayos del sol comenzaban a brillar con luz cegadora. Gema se encontraba en la sala de comunidad del monasterio de las Servitas, entregada a la lectura de “Las Glorias de María”, de San Alfonso de Ligorio.

De pronto siente que alguien le toca ligeramente por la espalda. Se vuelve, y ve a su lado a una persona que aparecía vestida completamente de blanco. Tuvo miedo. Quiso huir, gritar. Pero parece que una fuerza sobrehumana se lo impedía. 

— ¿Me conoces? — le preguntó la visión. 

Gema respondió con un “¡No!”. 

— Pues, bien — prosiguió la visión, — he venido a darte las gracias por la diligencia con que vienes rogando para que yo vaya al cielo. Sigue rogando unos días más, y no tardaré en ser eternamente feliz. 

“No me dijo más — concluye Gema. — Yo continué leyendo, y ella se fue”.

Le produjo extrañeza que la Virgen Santísima no hubiese rescatado a aquella alma del purgatorio para su festividad. A tenor del aviso recibido, comenzó a redoblar sus sacrificios. Finalmente, una mañana, después de la sagrada Comunión, comprendió, por inspiración divina, que aquella misma noche quedaría libre. Pero antes habría de tener la Santa una señal...

Al caer de la tarde la naturaleza va apagando lentamente los sentidos del paisaje. Es ya de noche. Gema aguarda el instante con ansiedad. Han dado las diez. Nada. Llega la medianoche. Nada. En la campana del reloj ha sonado la una. Nada. Cerca ya de las dos, se presenta una religiosa pasionista, y radiante de alegría, le dice: 

“Mi purgatorio ha terminado. Me voy al cielo. Avise a la madre superiora y dígale que esté tranquila”.

Gema quiso seguirla hacia el cielo. Pero no le fue posible. En las claridades de la gloria vio cómo Jesús extendía sus brazos a la religiosa, diciéndole: 

“Ven, ¡oh alma que me eres tan querida!” 

Y desapareció la visión.

Fuente: Sor Gesualda del Espíritu Santo, Santa Gema Galgani, 
1964 (ebook), pgs. 198-199.

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