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niedziela, 10 grudnia 2017

NO SE SALE DEL PURGATORIO HASTA ESTAR BIEN LIMPIO DE TODA MANCHA

"Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo" (Mateo 5,26).

Fue San Severino, arzobispo de Colonia, un prelado de tan señalada virtud, que la manifestó el Señor mismo tomándole por instrumento de muchos y singularísimos prodigios, como puede verse en la vida escrita por Surio. Pero no tratando yo aquí de lo que hizo durante su vida, sino de lo que padeció después de muerto, referiré un caso que debe llenar de santo temor a los eclesiásticos.

Al vadear un canónigo de Colonia un pequeño brazo del Rhin, vio salir del fondo a San Severino, que tomando las bridas del caballo le detuvo. Se espantó no poco el canónigo al ver a su santo obispo, muerto poco antes, en distinto estado del que él creía. Y preguntándole qué hacía en aquel lugar, respondió: 

— Si deseáis saberlo, dadme vuestra mano, porque esto se comprende mejor sintiéndolo que explicándolo. 

Se la dio el canónigo, y bañándola el santo con el agua del río, produjo tal efecto, que cayéndosele las carnes cocidas quedaron descubiertos los huesos. El canónigo, instruido completamente con tal lección, exclamó: 

— ¡Oh Padre santo, vuestro nombre exhala por todas partes olor de santidad, y vos estáis en tal tormento! ¿Cómo es esto?

— Esto es — contestó el obispo — por haber rezado mal las Horas canónicas. Siendo consejero del emperador me enredé en tales cuidados, muchos de ellos superfluos, que impidiéndome rezar a hora competente, o despachaba todas las horas por la mañana para no tener este cuidado durante el día, o bien lo dejaba todo para la noche, diciéndolas además con poca atención, por distraérmela los negocios que me ocupaban en la corte: tal es el defecto que purgo en este tormento que habéis probado, y por lo que os compadezco. Roguemos ahora al Señor que se digne volver vuestra mano a su primitivo estado...

Le fue, en efecto, restituida instantáneamente, y el santo obispo añadió entonces: 

— Id — os suplico — y referid en la iglesia coloniense lo que habéis visto. Ofreced por mí sacrificios, limosnas y penitencias, que tan buenas obras hechas por caridad me sacarán pronto de este penosísimo río, y conseguiré reunirme a los bienaventurados que me esperan.

Y dicho esto no se vio más. Vean ahora los eclesiásticos que, por ligera o tal vez ninguna causa, atropellan (si no dejan de rezar) el Oficio Divino, lo que les espera, cuando tanto padeció un obispo que veneramos en los altares, y por un defecto que, atendida la causa, parecería a la prudencia humana disculpable.

Ni menos terrible parecerá el castigo sufrido por Durano, abad de un monasterio y después obispo de Tolosa, que aunque adornado de singulares virtudes, cometió algunas notables faltas con la lengua. Gustaba siendo monje de pasar por hombre de buen humor, y al intento no escaseaba la sátira, palabras y frases que pudieran mover a risa, aunque desdijesen de la boca de un hombre consagrado a Dios. Le advirtió su abad Ugón una y más veces cuánto desdecía tal defecto de la boca de un sacerdote, el cual, por consejo de Dios, está destinado a ser depositario y guarda de la sabiduría; y a tanto llegó que le pronosticó, si no se corregía, habría de llorar bien de veras en el purgatorio lo que con tanto perjuicio suyo hacía reír a otros. No hicieron mucho efecto estas paternales advertencias, porque elevado a la silla pontifical se encontró con el obispo el monje decidor.

Murió al fin, y se verificó la predicción del abad. Se apareció a Seguino, monje familiar suyo, y se apareció con la boca feamente torcida, con un cáncer en los labios, y la lengua llena de úlceras y abrasándose. Con trabajo podía articular, pero, no obstante, Seguino comprendió muy bien que suplicaba dijese al abad que tuviese piedad de él, y encargase a los monjes le auxiliasen con sufragios. 

Ugón reunió inmediatamente a los monjes en capítulo, y referida la visión ordenó una semana de riguroso silencio, como medio proporcionado para satisfacer por la locuacidad de Durano. Mas no habiendo observado un monje el silencio con el rigor que se debía, por haber hablado algunas palabras, fue bastante para que se dejara ver segunda vez el paciente doliéndose amargamente de aquella inmortificación. El abad, comprendiendo bien los designios de Dios, ordenó otra semana del mismo riguroso silencio, y en la que no habiendo faltado nadie encontró Durano el remedio a sus padecimientos. Se apareció por tercera vez, mostrándose al piadoso y prudente abad vestido de pontifical, con la boca sana y risueña, la frente serena y rebosando todo su semblante de dulce alegría. Le dio gracias, y encargó las diese a los monjes, por cuya caridad se le habían abierto las puertas del cielo, donde rogaría a la Divina Misericordia les concediese el premio que era debido a la piedad que habían usado con él. 

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 119-122.

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