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niedziela, 21 stycznia 2018

ALEJANDRA, UNA DONCELLA VANIDOSA

Yo soy la madre de todos los que están en el purgatorio, porque mis súplicas alivian sus penas.
Virgen María a santa Brígida

Alejandra, noble doncella aragonesa, que tuvo la dicha de oír predicar a Santo Domingo sobre la devoción al santo rosario, alcanzó otra mayor, resolviéndose por la doctrina del Santo a alistarse en la Cofradía por él fundada; mas en medio de esto, ella idólatra de sí misma por los singulares dones con que la favoreció naturaleza, lejos de atender al cumplimiento de las obligaciones, aunque leves, que había contraído alistándose en la Cofradía, sólo se ocupaba de hacer ver que con sus adornos sabía aumentar su natural belleza. 

Rica y agraciada, no le faltaban jóvenes que la sirviesen, y entre ellos dos, que por ser más poderosos que los demás al fin quedaron solos, y por consiguiente rivales. Después de algunos altercados que no pasaron al principio de razones, llegaron, por último, a desafiarse, acometiéndose en presencia de su dama: quedaron ambos heridos de lanza, y tan gravemente, que murieron en el puesto con corta diferencia de tiempo. 

Sobremanera irritados contra Alejandra los deudos de las víctimas, por cuanto no ignoraban que su loca vanidad era la causa única de la doble tragedia, se volvieron contra ella, y en la primera ocasión la hirieron mortalmente, dejándola tendida y bañada en su sangre. Gritó entonces la infeliz pidiendo confesión; y como si esto fuera una nueva injuria, los asesinos, que ya se retiraban, acometieron de nuevo contra su víctima, separaron la cabeza del cuerpo, y para mejor ocultar su delito, arrojaron aquellos restos a un pozo profundo.

Entretanto, la Santísima Virgen, Madre de misericordia, que quería socorrer a la infeliz doncella, reveló el trágico acaecimiento a Santo Domingo; pero el Santo, aunque la inspiración le llamaba al lugar del suceso, de donde se hallaba no poco distante, hubo de diferir el trasladarse por no permitir otra cosa los intereses de la religión que entonces le ocupaban. Partió, en fin, y aunque sin guía, se encontró sobre el brocal del pozo, donde a la sazón había bastante número de personas. Llamó a Alejandra, y en presencia y con inexplicable asombro de los circunstantes, compareció la cabeza animada y fresca de la difunta. La seguía el cuerpo, al que se unió con doble prodigio, y Alejandra viva abrió su boca para repetir: ¡Confesión!

La confesó el Santo, y con la debida oportunidad le administró después la santa Comunión. La interrogó el Santo Patriarca acerca del trágico suceso, y ella, después de haberle satisfecho, dijo tres cosas dignas de memoria. La primera, que por los méritos de la Cofradía del Rosario había obtenido la gracia de la contrición, sin la cual se habría perdido para siempre. La segunda, que en el momento de ser decapitada se vio asaltada de horribilísimos demonios, que amenazando apoderarse de su alma la habrían arrebatado a no haber sido poderosamente defendida por la Madre de Dios. La tercera, y que más hace a nuestro propósito, que por la muerte de los dos jóvenes había sido condenada a doscientos años de purgatorio, y a otros quinientos más porque con sus inmodestos adornos e incesante afán de procurarse adoradores fue causa de infinitos pensamientos y deseos impuros en los incautos jóvenes que la rodeaban, y hasta de los que la veían; pero que había en su corazón una esperanza no menos firme que dulce de que tan largo tiempo lo reducirían a muy poco los sufragios de la Cofradía del Rosario.

Dicho esto, dio afectuosísimas gracias al Santo por haberla alistado en la Cofradía, y después de dos días de su admirable resurrección, que empleó en rezar los rosarios que por penitencia la impuso su santo Fundador, durmió plácidamente en el Señor.

Le hicieron solemnísimas exequias, las cuales con las oraciones del Santo y de la Cofradía pudieron tanto en la balanza de la justicia divina, que al cabo de sólo quince días se apareció al Santo, alegre, más resplandeciente que la estrella de la mañana, y mucho más hermosa de lo que era en vida. Suplicó al Santo diese cordialísimas gracias a sus caritativos bienhechores, por cuyas oraciones y sufragios había obtenido tanta gracia. Y que viniendo, como venía, encargada de las almas del purgatorio, le rogaba encarecidamente continuase en predicar y extender la devoción al rosario, que sólo ellas sabían el refrigerio que recibían de esta devoción; pero que en especial exhortase a los cofrades a que aplicasen sus buenas obras y el tesoro de indulgencias que ganaban rezando el rosario en favor de los cohermanos difuntos, prometiéndoles en recompensa mil bendiciones del cielo. Añadió, por último, que la devoción al rosario alegraba a los espíritus celestiales, y que la Reina de los ángeles y de todos los santos se declaraba Madre benévola de todos sus devotos.

Dicho esto, voló al cielo, dejando inundado de dulcísimo consuelo el corazón del santo Fundador.

Carlos Rosignoli SJ, Maravillas de Dios con las almas del purgatorio, 
Editorial Difusión, Buenos Aires 1945, pgs. 122-124.



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