Vistas a la página totales

domingo, 24 de mayo de 2020

LOS DEMONIOS, ASTUTÍSIMOS CAZADORES DE LAS ALMAS

Es imposible que muera mal quien ha vivido bien. Y es casi imposible que muera bien quien ha vivido mal. 
San Agustín 

Los cazadores, para cazar las panteras, ponen por donde han de pasar el cebo envenenado; pero ellas, como astutas, y de un olfato agudísimo, no se atreven a tocarlo, si corriendo primero por el campo, no sienten el olor de la yerba díctamo, antídoto contra el veneno, para curarse al instante. Pero más astutos que ellas los cazadores, cuelgan de un árbol un acecillo de la misma yerba, para que ellas, percibiendo el olor, se fíen y coman el venenoso manjar; y después hallando el remedio tan alto, que no lo pueden alcanzar, se vean forzadas infelizmente a morir. 

Así puntualmente hacen los demonios, astutísimos cazadores de las almas; les ponen delante los placeres envenenados, y los convidan con la esperanza de tener siempre a la mano el remedio de la confesión para curarse; pero ¿cuántas veces los infelices pecadores se hallan engañados y agravados del mal, y quizá más del remedio, se ven obligados a perecer? ¡Oh, que así nos lo dijo advertido el Salvador! 

"Me buscaréis, y no me hallaréis, y moriréis en vuestro pecado..." 

Así muy a su costa lo experimentó un gentil hombre inglés, de quien hablan las historias de la Compañía, sobre el reino de la impía reina Isabela. Era de agudo ingenio, y docto en las ciencias. Habiendo oído discurrir acerca de la religión católica al padre Guillermo Weston, se apartó de la herejía, y se resolvió a no concurrir en nada con los protestantes. Pero por ser muy rico en bienes de fortuna, y por temer, que si contra los edictos de la reina se declaraba católico, para no ser despojado de sus riquezas, tomó un astuto partido. Éste fue portarse en lo exterior como protestante, por conservar los bienes de la tierra, y en lo interior ser católico, por adquirir los del cielo. Y porque todo el punto estaba en morir, desechando aquella muestra exterior de herejía, que bien conocía ser pecado mortal; y corriendo la cortina para descubrir su ánimo, discurrió un remedio que le pareció bastantemente seguro. Y sin duda se lo sugirió aquella que el Apóstol llama sabiduría del mundo, loca maestra de la mayor parte de los hombres, que por ella se juzgan sabios y astutos, hasta poder engañar a Dios. 

Empezó, pues, a discurrir consigo de esta suerte: 

—Para salvarte, no es menester una vida santa, sino una buena muerte: luego lo que yo debo asegurarme es morir bien, lo cual conseguiré fácilmente, teniendo en mi casa un confesor, que me absuelva en mi última enfermedad de la culpa, sea cual fuere: y cuando en lo último de la vida no me sucediere así, ni pudiera hacer una perfecta consideración de esta mi larga perseverancia en el pecado, ¿no bastará una señal de arrepentimiento, o un golpe de pechos, para conseguir la absolución en el punto de la muerte? 

Así se lo ideaba él. Y porque tenía dos casas, en que a diversos tiempos habitaba: una de corte en Londres, otra de campo en una villa, no lejos de la corte — en ambas tenia un sacerdote católico, con firme persuasión de que tenía en su mano la salvación, pues si en cualquiera de las dos casas enfermase, no podría faltar la oportunidad para reconciliarse con la Iglesia, y conseguir la gracia de Dios para morir bien. De esta suerte pensaba engañar a Dios, y robarle el cielo, como hizo el buen ladrón en la cruz, reservando para la última respiración el "Señor, acuérdate de mí". Como si pudiese decir con aquellos impíos, que refiere Isaías: "Hemos hecho pacto con la muerte, y nos hemos compuesto con el infierno", que la muerte esperaría la venida del sacerdote, para que el infierno no se lo tragase. 

No dejó el padre Weston de advertirle que era vana aquella confianza, representándole los peligros de una muerte repentina e improvisa. 

—¿No podrá —le decía— venir la muerte mientras estáis durmiendo? ¿No podrá ahogaros una avenida de catarro? ¿Una apoplejía? ¿Una vena rota en el pecho? ¿No os podrá sobrevenir una calentura maligna, que os ocasione un súbito delirio? ¿Un violento letargo, que profundamente os oprima? ¿Un pasmo, que no os dé lugar de pensar las cosas de el alma? Pues ¿con qué prudencia remitís a la última enfermedad la esperanza de convertiros de veras, no sabiendo cuál ha de ser vuestra enfermedad última? ¡Ay, que no es prudencia pensar poner leyes a Dios! Esta confesión, en que fiáis, es un extremo remedio. Y ¿quién no sabe, que los extremos remedios tienen muy incierto el suceso? Y así solo se deben ejecutar por necesidad, y a más no poder; pero no se deben tomar por elección. ¿Cuántos he conocido en este mismo reino de Inglaterra, que persuadidos de esta infeliz astucia de poder vivir mal y morir bien, con la esperanza de tener un sacerdote católico en casa, han muerto después peor que habían vivido? 

Con todo eso, el caballero quiso más probar a su costa, que creer esta verdad; porque con su necia confianza, caminando un día de la una casa a la otra, bien robusto y sano, en medio del camino fue asaltado de un tan fuerte accidente mortal, que lo arrojó agonizando en tierra. Corrieron a rienda suelta los criados a traerle el mas cercano de los dos sacerdotes. Pero Dios había medido la fuerza del mal que le quitase la vida, de suerte, que aunque vino de carrera el confesor, ya el infeliz había expirado en una pública hostería, donde al primer combate del mal, no pudiendo ya tenerse, lo habían llevado. 

¡O muerte repentina! ¡O muerte desventurada sin señal de arrepentimiento! De esta suerte, él que tenía dos confesores de propósito prevenidos para vivir mal, no tuvo uno para morir bien. Desagradan mucho a Dios estas ingeniosas presunciones, y solo sirven para provocar mayormente su indignación, y acarrear a los pecadores presumidos más grave la ruina... 

Carlos Rosignoli SJ, Verdades eternas, explicadas en lecciones, 
ordenadas principalmente para los días de los ejercicios espirituales, 
Barcelona 1859, pág. 85-89. 


Léase a Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro 1, cap. 23, REFLEXIÓN SOBRE LA MUERTE:

1. Muy pronto se referirá a ti esta realidad: mira bien en qué situación tan distinta te encontrarás. Hoy día está una persona y mañana no se presenta. Cuando se aparta algo de la vista muy pronto desaparece de la mente. Por la rutina e insensibilidad de nuestras facultades sólo tomamos en cuenta lo presente y no prevemos más lo que vendrá después. Así deberías conducirte en todas tus actividades y pensamientos como si hoy mismo te fueras a morir. Si hubiera tranquilidad en tu conciencia no tendrías mucho temor a la muerte. Mejor sería evitar los pecados que pretender huir de la muerte. Si hoy no te encuentras preparado, ¿de qué modo lo estarás mañana? Mañana es día incierto, ¿y qué sabes si tendrás mañana?

2. ¿Qué te aprovecha seguir viviendo cuando tan poco te enmiendas? Una larga vida no siempre nos corrige sino con frecuencia aumenta más las culpas. ¡Ojalá durante un solo día nos hubiéramos comportado bien en este mundo! Muchos cuentan los años que pasaron desde su propósito de conversión y con frecuencia es muy pequeño el fruto de su corrección. Si nos aterroriza morir puede ser más peligroso vivir. Feliz quien tiene siempre ante sus ojos la hora de su muerte y diariamente se prepara a morir bien. Si alguna vez viste a un hombre morir piensa que por el mismo camino tendrás que partir.

3. Por la mañana, piensa que no alcanzarás la tarde y cuando llegue la tarde, no te atrevas a prometerte la mañana. Por eso mismo, mantente siempre listo de tal manera que nunca te sorprenda la muerte sin preparación. Muchos mueren súbita e imprevistamente porque: "A la hora que no se piensa vendrá el Hijo del hombre" (Lc 12, 40). Cuando llegue esta última hora, empezarás a apreciar de forma muy distinta toda tu vida pasada y sentirás gran dolor por haber sido tan negligente y pusilánime. ¡Qué feliz y juicioso el que se esfuerza ahora en su vida como ha elegido encontrarse al morir! La valoración justa del mundo, el deseo entusiasta de progresar en las virtudes, el amor a la austeridad, esfuerzo de la auto-corrección, la prontitud en obedecer, la abnegación de sí mismos y el soportar cualquier contradicción por amor de Cristo darán gran confianza a la hora de la muerte. Pocos se perfeccionan con la enfermedad, como los que hacen largas peregrinaciones y poco se santifican.

5. No confíes ciegamente en amigos y conocidos ni difieras tu salvación para el futuro porque más pronto te olvidarán las personas que estimas. Mejor es ahora prever lo que sobrevendrá y tener preparadas algunas buenas obras para ello que estar esperanzado en el auxilio ajeno. Si no eres solícito por ti mismo en el presente, ¿quién se preocupará por ti en el futuro? Ahora es el tiempo más valioso. Ahora son los días de salvación. Ahora es el tiempo aceptable. Pero ¡qué lamentable! porque no lo gastas útilmente, pudiendo ganar en él para que vivas eternamente. Llegará el momento cuando desearás un solo día o una sola hora para enmendarte, y no sé si lo obtendrás.

6. Atiende, queridísimo amigo, de qué peligro te puedes librar y de cuán gran temor te puedes sustraer si ahora eres cuidadoso y estás como pendiente de la muerte. Estudia ahora vivir de tal manera que en la hora de la muerte puedes más bien alegrarte que temer. Aprende ahora a morir para este mundo de manera que empieces a vivir con Cristo. Aprende ahora a despreciar las cosas para que logres libremente alcanzar a Cristo. Domina ahora tu cuerpo con la austeridad para que puedas tener confianza cierta.

7. ¡Necio! Piensas vivir largo tiempo y no tienes asegurado un solo día. ¡Cuántos quedaron frustrados porque se les arrancó de aquí inesperadamente! Cuántas veces habrás escuchado decir que uno murió por arma blanca, otro se ahogó, éste se cayó desde lo alto y se rompió el cuello, otro comiendo se quedó tieso, aquél otro jugando encontró su fin, otro por causa del juego, otro por el hierro, otro por epidemia, otro a manos de delincuentes. Así, el fin de todos es morirse, y la vida de las personas pasa de pronto como una sombra.

8. ¿Quién te recordará después de la muerte y quién orará por ti? Realiza, realiza ahora, queridísimo hermano, lo que puedas realizar, porque no sabes cuando morirás ni qué pasará en tu casa después que mueras. Mientras tengas tiempo, reúne riquezas inmortales; fuera de tu salvación, nada pienses y cuida solamente de lo que corresponde a Dios. Hazte ahora de amigos venerando a los santos de Dios e imitando sus acciones para que cuando debas abandonar esta vida, te reciban ellos en las eternas mansiones.

9. Mantente como peregrino y visitante sobre la tierra a quien nada le importan los manejos del mundo. Mantén liberado tu corazón y siempre levantado hacia Dios porque no posees aquí ciudad permanente. Dirige a Él tus oraciones con llamados angustiosos y lágrimas cotidianas para que merezcas pasar con felicidad hacia Dios, a través de tu muerte. Amén. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.